Cuando decido que lo voy a intentar, cuando acepto y formo parte de cualquier intento de mejorar una situación o simplemente intento con todas mis fuerzas generar movimiento hacia delante, lo hago con todas las consecuencias, aunque ellas me hagan avanzar tantas veces a contracorriente o “bebiéndome las lágrimas” y “tragándome mil y una palabras” para no sucumbir al desastre o incluso, al abandono.

Decenas de fotos en las redes sociales regalando energía de la buena, de la de “vamos allá, venga lo que venga”, repetirme una y otra vez que todo esto tiene un rumbo fijo y tiene un sentido (el que yo le doy y en el que creo firmemente), varios golpeos entre mi cabeza y las paredes para espabilarme y gritarme que todo va a salir bien y que merecerá la pena todo el esfuerzo…
Todo en la vida depende de tantas circunstancias y personas que, a cuantas más personas quieras llegar y en más proyectos te involucres, más problemas y contratiempos surgirán y esa canoa de tu vida que bajaba mansa río abajo, ahora lo hace en un cauce lleno de agua furiosa, con rápidos, cascadas y turbulentas masas de agua que golpean la embarcación con furia impidiendo un avance tranquilo.

Por muy buena intención que haya en esa canoa, al río, le importa bien poco…

Y dependerá del remero llegar a buen puerto.., sano y salvo y con sus pertenencias en buen estado.
Así es la vida…
Y de nosotros depende el remar bien o mal, el llenar la canoa de muchas cosas o del peso suficiente para poder dirigir con garantías la embarcación…

Pues así terminó mi semana, con la canoa bien llena de equipaje, con muchas horas de navegación complicada en mi cuerpo y con ganas de desconectar mi cabeza y llenar energías para lo que me viene encima.

Una semana con tanto trabajo hecho y tanto por hacer que las horas de sueño se convierten en insuficientes para permanecer el día con la suficiente energía y entereza .
Así, con tres horas dormidas, con un patinete cargado de ganas y kilos, salí desde el punto más al norte de Lanzarote junto con mi Sombra.
Seríamos de nuevo dos.
Dos en patinete.
Con un objetivo: presentar a los colegios del municipio nuestro proyecto “Educ-ando” y “Siete islas en patinete”.
Una experiencia con los más pequeños que nos llevó cuatro horas de expectación infantil, imaginación y ganas de aventura desbordante, además de una respuesta dada por los centros escolares de agradecimiento a nuestro esfuerzo.

Comenzando con una larga subida hacia el pueblo de Haría desde el mar, mi cabeza iba haciendo números y mis piernas iban asustándose más y más conforme subían.
Es cierto que no sufrían tanto como en el último entreno en cuestas, pero está muy claro que el patinete puede ser un vehículo muy pintoresco pero nada adaptado ni agradable para subir cuestas.
Es lento y terriblemente pesado. Dos cualidades no aptas para la sociedad actual…
Y como comenté a mi Sombra posteriormente: “menos mal que a mi mente le da igual subir, bajar, recorrer 1000 o 5000…, porque si no.., sería insufrible”.

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¡En dónde nos habíamos metido!
¡Qué mentes osadas las nuestras!
¡Siete islas en patinete!
Si sufríamos en Lanzarote, la más llana y corta, ¡¿qué ocurrirá en las demás?!
De risa…

Pues así, muerta de risa, llegué al colegio donde estudia mi hija y están muchos niños y profesores que conozco.
Un cole que nos sorprendió con un mural con los logos del proyecto hecho a mano y muchos niños vestidos con nuestras camisetas.

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Un colegio que adaptará el cuento infantil escrito para esta isla de Lanzarote al teatro y que se ha tirado de cabeza con nosotros a la piscina de la educación comunitaria, participando cuantos más agentes mejor.
Detalles que me emocionaron y que me hicieron tragar saliva antes de comenzar nuestra explicación a los más pequeños.

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Y así, con esa buena onda, el resto de los centros.
Qué linda energía infantil…
Por ellos, aunque sea por una parte chiquitita, vale la pena todo este esfuerzo y todas las horas del mundo dedicadas para poder aportarles algo a su crecimiento cultural.
Pues tras cuatro horas intentándolo, y uniendo los coles en patinete, me quedé con una tremenda pájara (las pocas horas de sueño y el sol que martilleó mi cabeza en dos de las presentaciones hicieron que desapareciesen mis energías).

Deshidratación que nos hizo parar en una gasolinera a engullir y a beber todo lo isotónico que pillamos. Lo justo para continuar el camino.
No teníamos decidido el recorrido.
Lanzarote sería como la isla de prueba.
Teníamos más tiempo y queríamos estudiar con tranquilidad lo que nos esperaría en las otras islas.
Nos esperará un recorrido complicado. Eso seguro.
Y tendremos que ajustarlo a nuestro tiempo limitado que será el fin de semana.
Pero eso no nos hará desistir de esta locura.

Locura educativa.
Locura deportiva.

Comida y siesta (mi Sombra al menos sí pudo) en Teguise, ese lindísimo pueblo que te hace “pausar” la vida y tomarte un respiro.
No sé qué hace que siempre sea Teguise una zona de paso de nuestros recorridos en largo por Lanzarote.

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Allí, ante la mirada curiosa de los visitantes, en la plaza de los Leones, preparamos el hornillo y calentamos dos sobres de comida liofilizada sobrante de nuestra aventura en Alaska.
¡Y con la sorpresa y visita de una gran amiga que me dio la vida con unas magníficas lonchas de jamón del bueno! ¡Del bueno, bueno! Ummm…
¡Eternamente agradecida!
Y es que me pierde la comida en momentos así 😉

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Continuamos patineteando, cruzando la majestuosa Geria y llegando a nuestro “echadero”
donde podríamos dormir, al fin, después de dos largas semanas durmiendo apenas cinco horas.
¿Echadero he dicho? ¡Ja!
Ni el mejor hotel podría igualarse a lo que encontré en medio de los volcanes.

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Por muchas veces que atraviese los paisajes de esta isla, no me cansaré de sorprenderme y no dejarán de sobrecogerme los espacios.

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Dormir, respirar, levantarse y continuar…
Con el cuerpo fresco y sin apenas congestiones (he dicho apenas) nos dirigimos a Yaiza, a 12 kms de nuestro destino, para desayunar en su plaza y finalizar con un “regalo” de macro subida por el pueblo de Las Breñas que hizo que mi sudor empapase el asfalto cual caracol con su baba.
Eso sí, llegar a Playa Blanca fue gratificante dejando atrás cinco kms de cuesta abajo, con una panorámica espectacular de lo que nos sobrecogerá dentro de poco: Fuerteventura.
Será cruzar el charco en unas semanas e intentar atravesar la más larga de las islas Canarias.
Pero primero toca crear los recursos educativos de esa isla. Una vez hechos, tocará el reto físico.

Y, entre tanto, mucho trabajo, mucho entreno, mucha vida.

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