Con la cabeza agachada, levanto la mirada poco a poco, miro de frente al mundo, con los ojos fijos en el horizonte.
Seria. Callada. Así soy yo.
Avanzo un paso y golpeo el suelo fuerte, con rabia, destrozando fibras musculares, haciendo vibrar el camino.
Taladro mí objetivo con el visor. Sin miramientos. Directamente al blanco.
Seria, arrugando el entrecejo, rugiendo.
Corro, corro, corro hasta no poder más, concentrando mis músculos para que cumplan su cometido, ajustando mi cabeza para poder soportar el agotamiento, soltando el corazón por la boca y jadeando cual impala huyendo de su depredador.
Seria, agónica, soltando lastre, energías que no quiero.
Mi destino lo marcan mis pasos.
Los pasos los dirijo yo.
No sé muy bien a dónde me llevarán, pero eso no importa.
Dejo huella en  el camino.
Cada huella servirá para saber que he pasado por ahí, quizás para ayudar a alguien que necesita seguir un rastro, o no perderse.., o acompañarme…, o vigilarme y protegerme…
La dejaré bien marcada.
Necesito saber que será posible regresar del horizonte.
Y si no puedo.., será porque seguiré avanzando más allá.
En mi mochila, como material obligatorio para mi próximo viaje he metido: pasión, ganas, fuerza, lágrimas, dolor, ofuscamiento, gritos, silencios, agonía, alegría, extenuación, sudor, esfuerzo, abatimiento, cansancio,risas,  llanto, soledad, asombro y dudas.., todas las del mundo.
Huele a frío.
Huele a nieve.
Finlandia, Laponia, Rovaniemi.
Desde el caliente interior de una habitación de hotel observaré que al otro lado de la ventana, reina un mundo a menos veinticinco grados y ciento cincuenta kilómetros que recorrer.