La vida es así.

Mientras un día estás sin saber la razón de tu existencia y de cómo enfilarás tus pasos, al siguiente estás con el corazón a cien y la sonrisa dibujada en tu rostro porque te has topado, casi sin quererlo y de la forma más tonta, con la razón de tus ganas de alegrarte el día, las semanas y quién sabe si la vida entera…

La vida es así.

Todo lo malo pasa.

Todo lo bueno también.

Y por eso es genial ser testigo en primera persona de ello.

Y no hablo de mí, no solo de mí, hablo de ti también, de todos.

No se vayan a creer que aquí la protagonista de mis palabras soy solo yo…

La crónica de un triatlón arenoso

Una noche, tras varias semanas con el corazón encogido, tristón, con la temperatura corporal unos grados menos de lo permitido debido a una enfermedad a la que llamo “síndrome de la aventura”, golpeé mi vida, la zarandeé y me dije que ya estaba bien, que si lo que quería era una pizca de sal en mi alma guerrera, eso había que hacer: crear un sueño aventurero para medicar ese problema físico y emocional.
Poder soñar y crear sueños a medida es relativamente fácil. Podrá parecer que no, que cuando pensamos en sueños hay que crear imposibles o, al menos, algo complicado de realizar.
Craso error.
Error para nuestras alegrías y nuestra rutina.
Soñar no tiene que ser así. Al menos no todos los sueños.
Y así, con esa perspectiva y ante mi falta de dinero para asumir la inscripción al Ironman Lanzarote de este año y mis auténticos problemas para ir creando mis futuros sueños deportivos, le planto cara a mi situación y me digo: vamos allá. Toca divertirse y dejarse de lamentos chorras.
Lo bueno de soñar.., es que tú moldeas ese sueño a tu gusto y circunstancias…

Y así me planto en una isla chiquitita llamada La Graciosa, a veinte minutos en barco desde mi casa, con dos mochilas cargadas de herramientas para construir la aventura que había organizado para el fin de semana que mejor me venía para organizar mi agenda de los próximos meses.
Sin el entreno necesario para garantizar (un poquito más) que mi cuerpo resistiría la embestida de esta tentativa y con una meteorología que auguraba un tiempo de los que asustan a la mayoría y apasionan a gente muy de “tiempo adverso” como yo.

La crónica de un triatlón arenoso

Existen muchas formas de retarse, tantas como la imaginación te permita. Lo que yo tengo claro es que hay tres ingredientes básicos en mis retos personales: deporte, aventura y pasión.
Dejo fuera la “competición” como la entendemos y dejo fuera “cronómetro” y dejo fuera unas cuantas cosillas más muy de moda en el mundillo del deportista (aunque no lo parezca) .
Soy más bien persona solitaria y silenciosa en estos avatares en los que me sumerjo. No lo disfruto igual estando rodeada de gente.
Me acompaña casi siempre mi sombra, eso sí, pero como él bien dice, estar conmigo en esto es saber a ciencia cierta que cantará solo y hablará con los “gamusinos” porque la que está a su lado.., poco tendrá que decir desde que se enfunda el traje de guerrera…
Y es que.., soy así : una silenciosa y ruda compañera de viaje, con un humor ácido y mil veces incomprensible.
Difícil de acompañar, vamos. 😉

La crónica de un triatlón arenoso

¡La Graciosa! ¡Aquí estoy!
Vacía la encuentro, solitarias calles de arena, tranquila como hacía tiempo no la disfrutaba, sin visitantes, con puertas y ventanas asustadas por la previsión de lluvias, viento y frío, con unas playas bañadas por un mar embravecido y con una ensenada que nos mostraba un respiro al abrigo de los aires del norte y nos tendía la mano para poder realizar la nadada allí de la mañana siguiente.
La aventura estaba clara: 3,800 km de natación , 180 km de bici “fatbike” (por eso de probar cosas nuevas) y 42 kms a pie (corriendo más bien).
Con los pies en el muelle, el equipaje listo, quedaba claro lo que tocaba hacer: cargar todo hacia la zona de acampada y montar la caseta rápido antes de las primeras lluvias que según las previsiones caerían en breve.
Hacer una distancia ironman en autosuficiencia tiene sus pros y sus inconvenientes. Uno de ellos (inconveniente) podría ser ese organizar absolutamente todo, otro podría ser (inconveniente, digo) el dormir de acampada y tener que arreglar todo lo correspondiente a un triatlon en 2 metros cuadrados. Podría parecer incómodo. Sobre todo con viento y lluvia…
A mi particularmente, me alucina.
Controlar los inconvenientes, ser yo la que decida qué hacer y cómo en mi sueño es lo mejor que puedo esperar y desear.
Montamos el campamento con rapidez y nos dirigimos a recoger las dos bicicletas “fat” que habíamos alquilado. Sería la primera vez que nos subiríamos a un tractor con dos ruedas y, además de su peso, nos tenía “hablando solos” el estado en el que estarían los “bichos”. La mecánica aquí era muy importante, sobre todo en bicis de “turistas” en una zona como La Graciosa.
Las tenemos, pedaleamos y la sensación es genial y divertida. La mecánica.., es otra historia.
Pero es lo que tenemos y lamentarse es una chorrada. Esas bicis serían nuestro caballo de batalla para el segmento dos de nuestro sueño (cubrir la distancia de 180 km en una isla de 27 km de pista rodada permitida).
Todo en nuestras manos y encima comienza a llover.
Lindo.
Material listo, bicis revisadas. Toca cenar.
Comida liofilizada (sobrantes de nuestra aventura en Alaska) como plato principal: espagueti a la boloñesa. Rico y energético.
Y cierro los ojos sabiendo que no había despertador puesto. Que a la hora de despertarnos, fuese cual fuese, esa sería la hora de desayunar y salir hacia el agua, hacia el sueño Ironsand.

La crónica de un triatlón arenoso

¿Miedo? El frío para uno y el estado del mar para la otra parte del tándem.
¿Más miedos? Sí, claro. Si no los hubiese, nada tendría sentido. Al menos para mí.
¿Aguantaría la bici?
¿Mis piernas podrían hacer tantos kms sobre ella cuando jamás había hecho más de 15 kms en una bici de montaña?
¿Y la nadada? ¿Qué ocurriría? (nunca había nadado esa distancia y menos en un mar de tormenta y alerta amarilla por fenómenos costeros a sabiendas del “respeto” que le tengo yo al mar)
¿Y correr? ¿Se puede correr después de dos segmentos que me generaban tantos interrogantes y a esta altura de temporada donde el cuerpo está a medio prepararse?
Mi cabeza lo tenía muy claro: habíamos preparado todo para divertirnos y respirar la aventura con espíritu “excursión” (y con ello me refiero a disfrutar de los paisajes y las sensaciones con la prisa de no tener relojes que nos limitasen, con el cuerpo de “fin de semana” sin apuramientos ni estrés).

La crónica de un triatlón arenoso

Noche lluviosa y fría, que nos mostraba un amanecer limpio y sin nubes. ¡La previsión erraba! ¡No nos llovería! (solo lo haría a las tres de la madrugada disfrutando de un día espléndido en un invierno suave y canario)
Toco el agua, con los nervios a flor de piel, y con las ganas justas de frío en un medio tan incierto como lo es el agua para mí: ¡helada!
Ocho y media.
Me mojé.
Nadé. Respiré tranquila y braceé al ritmo que sé, lento, como normalmente hago estas cosas del deporte.
Fondo casi claro, olas en la orilla y costeamos hacia nuestra boya imaginaria. Muchos peces, veriles donde cientos de seres disfrutaban de esa riqueza marina en un día propicio para encontrar comida fácil. ¡Estaba disfrutando! ¡Estaba nadando como corro!
La corriente jugaba a mi favor y mi disfrute progresivamente pausándose porque sabía que al girar, todo cambiaría.
Y sí, cambió. La corriente se volvió en contra y el primer tramo de vuelta pues se tornó “nervioso” para alguien con tan poca experiencia nadando como yo. Una tontería para un nadador común y diestro en aguas abiertas.
“Susana, tranquila, acompasa la respiración, estás avanzando, paciencia…”. Eso me decía para obligar a que mis nervios estuviesen haciendo el trabajo que le había encomendado ese día que era el de “empujar” no “fastidiar”.
Y así, brazada a brazada, pisé la orilla, tras 4,1 km, con fotos incluidas y unos pies totalmente helados y sin sensibilidad alguna.
¡Qué alegría! (emoción sentida con lágrimas en el alma y un miedo enfrentado)

La crónica de un triatlón arenoso

¡Bici! ¡Vamos a la bici!
Nuestra primera intención (y con una planificación cero de la ruta) era recorrer la isla en su máxima extensión permitida. Esa ruta fue nuestra primera vuelta, un total de 27 km.
Mis sensaciones musculares fueron de sorpresa. Arrastrar una fatbike iba a ser tan complicado como me había imaginado en el peor de los casos. Podría compararlo como arrastrar de una pulka de 35 kg por la nieve de Alaska ya que , tras esa primera vuelta, mi desgaste físico pedía a gritos comida. Y eso, solo me ocurre cuando el esfuerzo es el que es : importante.
Primera decisión: cambiar de ruta, hacerla menos técnica, acortarla y trazarla de manera que fuese más cómoda. Eso nos llevó a quedarnos con un circuito de 12 kms durante el día y de 10 km cuando la luz nos impidió ver con seguridad (no teníamos luces para bici y nuestros frontales deberían durar muchas horas y eso a máxima potencia era inviable).

¿Se imaginan lo que es girar y girar como un hámster durante 180 kms en una noria de 10 km?
Yo sí.
Pero “mi jaula” era La Graciosa y había entrado por mi propio pie en ella y esos dos matices cambian la perspectiva ratonil de un inicio.
Aún así, tras la cena y los últimos 60 kms, todo se tornó menos idílico y el momento “malo” de una aventura de estas características, se alargaría durante casi cuatro horas. Mi cuerpo no tiraba, tenía náuseas, mis codos no querían más baches (no tener amortiguación en la bici es un “pero” a tener en cuenta), mis muñecas rotas de la tensión, los piñones no subían sino hasta mitad, y la noche y la mente hacían de las suyas. En cada vuelta, seis hasta el final, quería dejarlo. En cada vómito o intento de soltar el alma por la boca, también se me iban las ganas.
Pero pasó, casi de sorpresa, solo faltaban 23 kms y eso.., me alegró de nuevo y me dije que era posible.
Comenzó a llover, eso también me limpió la malagana y llegamos al último km, callejeando por el pueblo a solas, con caída incluida al intentar descalarme con la bici parada.., y con hematoma considerable en todo el lateral de la pierna y las dos rodillas golpeadas sobre el duro firme del puerto graciosero.

¡Qué alegría! ¡Estaba hecho!

IronSand 2

Las cuatro de la madrugada, desde las once de la mañana del día anterior. Ninguna previsión anterior fue la acertada. También es cierto que nuestras paradas tranquilas para comer en un restaurante según apetencias (durante toda la mañana soñaba con una ensalada y calamares), y nuestra cena compartida con dos grandes amigos que quisieron regalarnos su compañía y una rica cena de acampada con pan casero y rica carne especiada, no hicieron sino sumar en el tiempo total de realización de la aventura y en momentazos de disfrute.

Muchas horas . El cuerpo hablaba. Las articulaciones, el organismo, el sueño…
Fue el momento de cambiarnos para el tercer segmento: la carrera. Mi medio.
A las cinco de la mañana, después de un día como el que habíamos hecho, el cuerpo solo desea dormir y descansar.
Si nuestras transiciones se hubiesen hecho “sobre la marcha”, sin dar tiempo a la mente a “cambiar de chip”, quizás el resultado hubiese sido otro. Puede ser.
Pero tras 21 horas en movimiento,una noche larga encima, nuestra parada última a comer “caliente” y cerrar los ojos diez minutos, no engañó a mi cuerpo y tras los primeros cinco kilómetros trotando, vomité de nuevo y volvieron las náuseas en cada impacto.
No lo dudé ni un segundo.
Esto se terminaba aquí.

La crónica de un triatlón arenoso

El cuerpo que sufra lo justo. Ya bastante tiene con aguantar mis locuras y a duras penas lo va sobrellevando con dignidad.
Esta vez no iba a jugar más con los límites de la salud.
Volvía a pie hasta el campamento, con el alma un poco apenada pero tranquila. Feliz por haberme divertido y contenta por haber jugado.
Un tablero fantástico de juego con una regla fundamental : la diversión.
Objetivo cumplido. Sueño realizado.
¿O alguien lo duda?
Porque en las batallas, retirarse a tiempo significa poder seguir luchando en las siguientes.
Para muchos abandonar no es una opción. Para otros es la puerta correcta de finalizar el juego.
Yo me he reencontrado con lo que había dejado en alguna parte hace meses: esa chispa infantil con la que juegan los niños. Esa que me hace vivir mis retos de una forma muy mía.
La tengo.
Y tengo nuevo sueño.
Desde que reúna las monedas necesarias, el juego comenzará.
Y será tan divertido y apasionante, que no dudarán en acompañarme.
Gracias por el seguimiento, la lectura de esta crónica y por formar parte de la familia de la Ilusión mueve mis piernas.
Sin ustedes nada de esto sería lo mismo.

¿Me acompañarán en mi nueva aventura?
Tic, tac…

La crónica de un triatlón arenoso