LA ILUSIÓN MUEVE MIS PIERNAS

Cuesta arriba, cuesta abajo

Susana Gómez Castiñeira

04 Julio 2017

Móvil apagado, sentidos encendidos, mis ganas en duda y mis fuerzas al límite. Así comencé el fin de semana de la cuarta y quinta isla por recorrer en patinete dentro del proyecto “Educ-ando“.

Estar desconectada con mi situación laboral actual fue todo un regalo para mi mente. A la hora de no sentirme “pegada” a la inmediatez de la resolución de problemas laborales vía teléfono, sentí un placer que me debía hacía meses.
¡Cómo un aparato tan pequeño puede acaparar tanto!
Con los sentidos encendidos y a tope de cobertura, comencé contenta este reto deportivo tras más de un mes parada.
Tenerife y La Gomera no son islas fáciles para trasladarse en patinete y menos en la forma física en la que me encuentro actualmente, pero quería no perder la oportunidad y así emprendí esta aventura, con las fuerzas mermadas y mis ganas preguntándose que si lo que quería era huir de mis días laborales o si lo que quería era darle al patín….

El techo de España en el horizonte

El Teide: un coloso

Fue comenzar a darle movimiento al patinete cuando me di cuenta a los cinco minutos de subida que no iba a ser fácil y que lo más complicado hasta el momento de nuestras islas en patinete, iba a ser toda una odisea: mi fuerza, en otros momentos mi salvaguarda, estaba a niveles bajos por la falta de actividad física en las últimas semanas.

En Tenerife tendría que subir 54 kms, ni una recta, ni un descanso, patineteando muy arriba, hasta una altura máxima de 2200 metros. Recorrido en carretera y bien marcado por las señales de tráfico que me recordaban kilómetro a kilómetro lo que iba avanzando, uno a uno, un duro examen para mi mente y un “terror” para mi cuerpo cansado.

¿Cómo iba a subir todo eso si en el kilómetro tres estaba congestionada a lo bestia?

En la no muy amplia experiencia en larga distancia que tengo, una lección tengo bien marcada y es una lección que me salva de muchos aprietos y seguramente de muchos abandonos: “paso a paso sumo, huella a huella avanzo, solo es cuestión de tiempo, de paciencia y ganas. Todo lo malo pasa, todo lo bueno también”.

“Tengo que llegar al Teide. Sé que lo haré. No me queda otra y no hay otro camino “más corto” para llegar a La Gomera”.

Un camino, un destino y yo.

Y así fue como me metí en modo “anciana cicloturista” (esas mujeres mayores que están subidas a una bici, avanzando tranquilas y cargadas y de las que te preguntas al verlas que cómo pueden hacer cicloturismo tan mayores y llegar a sus destinos)

Así me sentí yo, como esas deportistas subidas a una bici. Estaría en baja forma, estaría en el vehículo menos apropiado para subir al Teide (y cargado) pero tenía claro que esfuerzo a esfuerzo llegaría.

¡Y llegué!

“Paso a paso sumo, huella a huella avanzo, solo es cuestión de tiempo, de paciencia y ganas. Todo lo malo pasa, todo lo bueno también”

La isla de Tenerife, tan grande como su Teide, nos regaló una noche fría, de lluvia, viento y niebla en medianía. Unas condiciones meteorológicas que hacían que me diese golpes contra las paredes por no haber llevado ropa más técnica y adecuada para ello. Sabía que iba a llover, pero confié en el benévolo clima canario y aligeré mis alforjas (por eso de no estar en forma) no llevando la suficiente ropa. Detalle que me hizo pasar dos de las tres noches gritando al mundo cuan idiota puedo llegar a ser.

¡Qué frío! ¡Ni en Alaska!

¡Fuí en plan Tarzán y me comieron los monos! (tengo claro que será la primera y la última vez que hago semejante tontería)

Noche fría, mañana asombrada por el terrible paisaje del Parque Nacional del Teide: majestuoso, infernal, extraterrestre…

Los turistas, los coches y hasta las lagartijas se quedaban atónitos al ver a dos patinetes subiendo hasta allí arriba…¡De locos!

Risas, paciencia y querer lograrlo, fue la receta en esta ocasión (y en tantas otras).

Llegar allá arriba tuvo un premio extra: bajar. Dos horas de lujo disfrutando de no tener que esforzarte mucho más allá que del control al tomar las numerosas curvas.

Curvas y kilómetros que nos llevaron al muelle, hasta un barco que nos dejaría en La Gomera tras 105 kms hechos en Tenerife. Describir el Parque Nacional del Teide, y hacerlo tras subir en patinete, se hace difícil.

Podría contarles que es tan grande que ninguna instantánea le hará justicia.

Podría decirles al oído, cual secreto, que es tan bello que no se puede escribir, se debe vivir.

Podría quedarme sin palabras intentando ponerle adjetivos a cada uno de los paisajes allí disfrutados.

Las islas Canarias tienen, cada una de ellas, sin excepción, postales para una colección de lujo.

Poco más puedo decirles de lo que se puede disfrutar de este rincón de la Macaronesia.

Eso sí, si lo van a visitar en patinete, pues ahí quizás sí podría describirles las sensaciones con menos palabras y pudiendo explicarme bien (o eso creo).

Viajar en patinete, con alforjas, intentar avanzar muchos kilómetros en pocos días, dando igual la climatología, en dónde se duerma, cómo se duerma, lo que haya que subir, hasta dónde haya que ir.., pues es una auténtica “frikada” (y con este adjetivo estoy siendo benévola).

Les recomendaría, por si se le pasa por la cabeza, que descarten este medio y esta forma que nosotros hemos elegido.

Sin duda hay vehículos más apropiados para ello.

Repito: sin duda.

Subiendo este fin de semana tanta cuesta, tenía la impresión de estar subiendo a un buey con una gran cabeza (mi manillar y mis alforjas delanteras) y no dejaba de comprobar lo lento que puede uno avanzar hasta llegar hasta su objetivo.

Eso sí, lento, pesado, ridículo o no, avanzamos, subimos y lo conseguimos.

¡Increíble pero cierto!

Con los ojos helados

Amaneceres fríos

Y mi  compañero Sergio, allá delante, como si yo fuese Peter Pan y él esa Sombra que juega conmigo “burlándose” de la situación tan cómica: él extasiado del esfuerzo y yo muerta de risa por ese tremendo empuje tirando de mi “buey” y de mis sobrecogidas piernas.

Así llegamos a la isla vecina, tras un viaje en barco en el que los dos caímos rendidos al sueño y al agotamiento para despertarnos en una desconocida Gomera (para mi) con una capital preciosa en su casco histórico y con unas vistas a las montañas que presagiaban “más de lo mismo”: cuestas y más cuestas.

Isla concentrada, llamaría yo a La Gomera…

Tan divina, tan pequeña, tan mágica.

Imposible no quedarse prendada de ella.

Y si subir al Teide fue algo impensable sobre el papel, recorrer esta diminuta isla fue también intrazable sobre un mapa (si se piensa fríamente).

Pero lo hicimos.

Nuestros patinetes llegaron a donde nosotros quisimos.

Lo hicimos.

Pausadamente, disfrutando, sorbo a sorbo, detalle a detalle, cada raíz de “laurisilva”, esos bosques únicos en el mundo y tan escasos, cada pendiente, cada aroma a verde, a hierba recién cortada, a sombras llenas de frescor, a miradores para respirar, para respirarlos…

¡Cuántas cosas para vivir en cada paso que uno da! (si uno quiere)

Por si les interesa: 195 kms con patinete (algún otro más caminando en los dos pateos que hicimos en la tarde del domingo),4200 metros de desnivel positivo, altura máxima en Tenerife 2200 metros y en la Gomera 1200 metros.

Podrá ser “ridículo” viajar en patinete largas distancias cargados como “mulas”. Seguramente lo es.

Podré estar “muerta” físicamente para poder enfrentarme a cualquier kilometraje en carrera. Con contundencia, lo estoy.

Pero lo vivido estos tres días, va mucho más allá de las distancias y los retos deportivos porque he dejado muy claro (claro para mi) que todo es alcanzable si uno quiere y se lo propone.

Nada es más fuerte que el querer.

Nada.

Y paso a paso, vamos abriendo huella…