Me pregunto por qué me lees…, por qué estás ahora, aquí, frente a mí, con la intención de escucharme y saber de mi…, de mi aventura rodada…

Me hago esa pregunta, habiendo tanto y tanto que leer en esta red que todo y a todos envuelve y llena pantallas y pantallazos de deportistas aventureros, retos y retadores a borbotones, de todas las especies y de la más variada índole.

¿Qué hará que estés ahora aquí, conmigo?

Sea cual sea la razón de estar frente a mi en este instante, la cuestión es que nos hemos encontrado en el espacio y tiempo correctos para estar este ratito juntos.
Y en este breve ahora que nos ofrece la vida, he de agradecerte que estés aquí , con ganas de leerme y compartir.
Y, por el hecho de querer escucharme y parar tu tiempo para estar conmigo, me sinceraré sin cortarme un pelo, porque mereces que me veas como yo entiendo esto del deporte “en largo” con el que a mi tanto me gusta jugar.

Durante 33 horas más o menos, he pedaleado en mi bici de triatleta más que en toda mi vida. He superado mi entrenamiento más largo sobre ese vehículo de dos ruedas, hasta dejar de contar las horas y los minutos sobre ella porque.., poco importaba ya ese detalle (al menos a mi no)

Hace 10 días mi compañero de sueños y entrenador, me comenta que le apetece rodar largo con una fecha ya en el calendario y una petición de querer compañía ilusionada (o sea, la mía)
Rodar largo significaba: atravesar de norte a sur la isla de Lanzarote, cruzar Fuerteventura, rodearla y regresar al punto de inicio en la isla de partida.

Unos 400kms más o menos, dependiendo cuánto nos ibamos o no a perder.
Todo con un tiempo límite: llegar al último barco el viernes para poder cruzar hacia Fuerteventura y al día siguiente poder coger el último hacia Lanzarote pues yo tenía que presentarme el domingo en la mesa electoral de mi zona como suplente de presidente de mesa.

Para una persona que apenas se sube a una bici, que su máxima tirada han sido tres horas y media, que no se atreve a hacer una ruta en bici de montaña con los automáticos puestos por terror a las caídas y su poca destreza sobre la bici.., pues podría generarle , esa petición, un resquicio de duda,.
En mi caso, la única duda, a pesar de mi poca experiencia, era poder coordinarme con mis responsabilidades familiares.

Esa rodada en larguísimo no generó en mi ningún “miedo” al no poder conseguirlo pues lo tomé desde el inicio y hasta el final, como un entrenamiento como los que me gustan y poco disfruto por imposibilidades, deberes y responsabilidades.

Un entreno tipo excursión, duro y pausado, disfrutando de los detalles. Sin prisas por llegar a casa para hacer. Saboreando la luz, el esfuerzo, mis pensamientos y reflexiones, compartiendo el silencio, el sufrimiento, la euforia, las risas y el horizonte.

Y por eso, eso que inmediatamente para los que me rodean se convirtió en un “reto de los míos” en una” locura de las de siempre”, para mi significó simplemente, un viaje sosegado rodando, intentando salir y llegar al punto de inicio en el tiempo que mi agenda dictaba, como siempre.

400 kms del tirón, rodando de tarde, de noche y de mañana hasta llegar a tu destino…

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La idea es inusual, eso está claro.

Para muchos que practican ese deporte llamado ciclismo, será una distancia exigente pero realizable, nada que destacar.
Para otros, ajenos a este deporte, seguro que es una distancia y un esfuerzo para gente sobradamente preparada, con un físico trabajado y una experiencia forjada a base de fuego y agonías.

Yo ya no tengo recursos para hacer ver a mi gente, a mis amigos y conocidos que las oportunidades de jugar a ser deportista que se me presentan, las intento no rechazar porque me encanta este juego.
Es emocionante, reparador y sensacional.

No soy una super mujer.
Y mucho menos una super deportista.
Soy más bien una friki con alma de niña inquieta que quiere tirar los dados sobre el tablero y avanzar casillas.

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Y así me subí sobre una bici, que finalizó siendo tormento para mis partes nobles, con una inflamación curiosa y dolorosa que hoy todavía perdura.
Y con esas ganas de juego hice que mis piernas trabajasen con ganas de experimentar si podría ser yo una ciclista de nivel aceptable, con una velocidad de crucero apta para rodar en pelotón .
Pruebas que exigía a mis obedientes piernas que cumplian como siempre mis ganas de llegar al final de alguna cuesta, sin cambiar el piñón o a una velocidad a la que mi corazón respondía riéndose de mi y preguntándose qué pensaría mi compañero de rodada…
-“Ya la Susana se me ha vuelto loca. Como siempre. Con sus desvaríos de velocidad…”-Pensaría sosegadamente desde la retaguardia y observatorio de mi avanzar a doble personalidad…
Y es que corro y ruedo así… Probando, jugando, fustigando a mi mente cuando dice que ya no puede más y demostrándole una y otra vez que puede con eso y mucho más.
Y hasta el momento no me he equivocado.

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Los kilómetros pasaban, el cruce hacia Fuerteventura a tiempo, la cena rápida, la carga de agua, el tráfico, la noche que caía, el frío haciendo de las suyas en mi cuerpo somnoliento y con ganas de descanso tras un largo e intenso día laboral, más kilómetros, dudas en el recorrido, alguna pérdida, el dormir en donde cuadrase y cuando ya conducir se tornaba peligroso, el volver a subirse a la bici tras unos minutos regenerando, obras en la calzada, baches, mi malestar orgánico con náuseas y vómito, el amanecer, risas, desayuno, descanso, kilómetros bajo una luz y un sol primaveral, paisajes de postal, comida, dolor intenso ya en zonas de apoyo del sillín, manos muy doloridas, llegada al barco de regreso y la agonía de llegar a Lanzarote y saber que tienes que volver a atravesarla para llegar a casa y dormir en una cama.

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Esos kilómetros de vuelta que sobraron en mi mente y que me costaron cuatro horas de malestar y aburrimiento en la bici. Cansada de rodar y con la sensación de “kilómetros basura” que le sobraban a este juego.
Gracias que la compañía bien merecía el esfuerzo y que sabía que la excursión no iba a ser toda “tipo Heidi en las praderas”, a sabiendas que esos kms finales siempre son para mi una asignatura pendiente que tengo, ya que siempre me pasa lo mismo haga lo que haga.
Yo lo llamo el síndrome de los 10 kms finales…
Para mí, un suplicio.
Está claro que llega un punto en que mi mente y cuerpo ya saben que esa distancia final la pueden cubrir y por eso ya no luchan por ella. Ya no tiene sentido…
Y el sentido se lo tengo que dar yo, tras una lucha interna grande.
El sentido es la meta establecida . Y esa bien merece el esfuerzo último.
Y así lo hice.
Llegué.

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Resumen práctico:
400 kms en bici
18 geles consumidos
3 comidas a base de bocatas, una comida liofilizada.
Cuatro cafés
Dolores habituales por roce y presión sobre la bici.
Ningún contratiempo mecánico
Entreno hecho
Sensaciones físicas buenas

Resumen personal
400km en bici jugando a disfrutar ( a mi manera)

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Nota: agradezco a mi compañero de rodada y sueños que respete esa forma tan mía de abstraerme de una realidad que compartimos y no se ahogue en mis largos silencios tras kilómetros y kilómetros avanzando juntos.

Valoración:
Creo firmemente que jugar a este juego me libera y me hace mejor persona.
Creo que intentar hacer algo que quieres, sea lo que sea, es el regalo más bonito que uno mismo se puede hacer.
Creo que estar feliz es directamente proporcional al empeño por intentar avanzar hacia lo que deseas.
Creo que es posible conseguirlo.
Porque realmente, lo que nos hace que estemos felices es el camino hacia el objetivo, no la meta en sí.

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Gracias.
Gracias por compartir este ratito.
Me hacia falta.

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