Es mucho lo que debería agradecer, posiblemente no habría entrada bloguera que pudiese aglutinar suficientes palabras para expresar todo lo bueno que he recibido por parte de mi familia, mis amigos y mis conocidos durante estos días.
Ha sido asombroso.
El pasado sábado, por primera vez en mi vida, superé el eterno segundo puesto y subí el escalón que me faltaba: el primero.
Me ha costado lograrlo exactamente siete años, unas cuantas carreras, varias lesiones, muchas lecciones aprendidas a lo largo del camino y miles de kilómetros recorridos a pie.
¿Y es ese primer puesto lo que realmente he buscado a lo largo de todo este recorrido?
Rotundamente respondo que no.
No.
No.
No.
Es cierto que alguna vez he fantaseado ganando alguna carrera para las que me he preparado, supongo que es normal, un juego de niños…
Pero de ahí a convertirlo en prioridad u objetivo.., nada de nada.
Hace unos días recorrí mi isla tras 96 kms de carrera, tras haber llegado de Finlandia con 300 kms de nieve en mis piernas, tras la lesión que me impidió terminar y tras montones de dudas que hacían que llegar a la meta, fuese poco más que un sueño inalcanzable (siendo realistas).
Y si le sumamos a eso toda la presión social por la locura de hacerlo…, pues las apuestas subían como la espuma como yegua perdedora…
Cinco de la mañana, dos horas escasas de sueño, muchos nervios e incertidumbre y unas ganas locas de hacerlo.
Salimos.
Debo ser prudente, no puedo machacarme en los primeros quince kilómetros…, mis piernas no lo perdonarían en los restantes.
Subo.., subo.., subo.., corro. No puedo evitarlo.., corro.
No tengo nada que perder.
Si me apetece.., lo haré.
No caminaré lo que pueda correr. No reservaré nada.
Esta carrera.., será hasta donde me lo pida el cuerpo y de la forma que me aguanten mis piernas.
Corro.
Sufro mucho en las bajadas, mis rodillas acostumbradas a patinar se resienten. No estoy acostumbrada a ello y comienzan las dudas y el dolor.
Así durante 76 kms más….
¿Pero esto no es un ultramaratón?
Pues toca sufrir.
Corro.
Corro.
Sonrío al ver la primera cara amiga esperando mi paso. Ese gran abrazo y esos ojos asombrados me animan a continuar.
Corro.
Mi reloj me avisa que voy a un ritmo desconocido por mi en montaña y me freno. ¿Esto es demasiado rápido para mis molestias?
Dudo.
Decido.
Corro.
Corro.
La sonrisa que me encuentro en los siguientes avituallamientos me alegra el alma. Hasta ahora nadie me había esperado jamás en una de mis carreras y las circunstancias hicieron que otra gran amiga estuviese ahí con sus fotos, sus abrazos y sus miradas de admiración.
Hacía unas horas toda mi gente me tachaba de loca…
A mitad de carrera se hizo el silencio. 
Ya nadie podía decirme nada…
¿Y si lograba llegar?
Últimos kilómetros de extrema dureza, articularmente aguantando con el mismo dolor durante toda la carrera y mi mente desesperada por terminar.
Corro.
Corro.
Llego.
En la meta están esperándome.
Mi familia, mis amigos, todos están allí.
Jamás había tenido semejante recibimiento.
Me emociono.
Pero no por haber llegado y haber sido la primera fémina.
Eso ya lo había asumido hacía kilómetros.
Me emociono al recibir miradas de admiración y disculpas por haber dudado de mi…
Y yo digo:
Es normal dudar de lo que parece imposible.
En mi caso, con mis recientes lesiones y el esfuerzo hecho en Finlandia, recorrer 96 kilómetros se antojaba algo muy difícil de realizar.
Yo también dudé en todo momento.
Y por eso lo intenté.
Si lo hubiese tenido claro…
Si hubiese sabido que llegar era indudablemente un hecho…
No hubiese estado en la línea de salida.
Eso es lo que me atrae del camino…
La incertidumbre del destino…