Querido diario de a bordo, mi cuaderno de sueños, de viajes y anhelos,

Te voy a hablar de un sueño que surgió de la desesperación por buscar frío, buscar latitudes necesitadas y asequibles a mis posibilidades y bolsillo.
Qué fácil sería no tener responsabilidades y la capacidad económica de responder sin líos a los sueños, ¿verdad?
Fácil e irreal.
Eso solo pasa en las películas y en casos contados (y que no es el mío).

Ante mi realidad, aparece Islandia y, no sin esfuerzos, una temporada muy extraña con la sensación de haber entrenado poco y mal (acentuada sensación comparando el cambio de modalidad deportiva (el patinete) con la carrera, que desgasta mucho más).

Islandia…
Llegó como quien no quiere la cosa, con la sensación de que era un destino “fácil” por lo civilizado y por las temperaturas, demasiado turístico quizás.., no sé…
Y no es que busque imposibles, ni un “más difícil todavía”, no, no es eso.
Por mi situación laboral complicada y mi vida personal, me es muy difícil buscar un “in extremis” porque ni tengo tiempo para entrenarlo, ni posibilidades económicas, ni un equipo de profesionales que hiciese de mi esfuerzo, una posibilidad sin consecuencias negativas para mi organismo (como ocurrió en Alaska ) .

Islandia…
Abrazar su perímetro a ritmo de patinete era nuestro objetivo. Meta que se puso complicada con el retraso de un día por motivos de cancelación de nuestro vuelo. Problemas climatológicos en destino, falta de tripulación, quien sabe las razones de esa compañía aérea por dejarnos en tierra.

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Contratiempo que nos hizo pensar hasta en salir desde Barcelona en busca de un Camino de Santiago en patinete o buscar otra alternativa de vuelo hacia Islandia que fuese pagable.
Menos mal que la aerolínea fletó otro vuelo ante la protesta unánime de todo el pasaje en el aeropuerto durante todo el día, tras hacernos facturar nuestras cajas con los patinetes varias veces.
Volamos 24 horas después y nuestros planes cambiaron junto con el vuelo, perdiendo nuestra reserva del hotel que nos daba la posibilidad de transfer desde el aeropuerto y guardar nuestras cajas de bicicleta hasta la vuelta.
Encontramos solución, más cara e incómoda pero solución al fin y al cabo. Y eso era para nosotros, una alegría.

Pisamos Islandia, el aeropuerto nos ofrecía un espacio para poder armar nuestros patinetes y, junto antes de cerrar, Sergio encontró una oficina de alquiler de coches que tenía el servicio para guardar nuestras cajas (gracias que eran de cartón y una se metió dentro de otra, pagando así solo por una de ellas.
Nos costó 80 euros por 10 días.
Y es que Islandia es caro, como muchos países nórdicos.

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Preparamos todo cargando nuestras alforjas y comenzó a nevar.
Cuando salimos, un viento de frente, la noche y la nevada nos dieron la bienvenida.
Las ruedas con clavos iban estupendamente y nosotros estábamos cansados tras un largo viaje y estancia en el aeropuerto de Barcelona, pero felices . Al menos yo (hablaré por mí, claro está, pero sabía que Sergio, detrás de las gafas de ventisca y la máscara, estaba igual de contento).
Esa primera noche recorrimos veinte kilómetros y la hora nos hizo frenar y montar la caseta (no queríamos dejar de dormir y regenerar queriendo seguir el ciclo normal del día y la noche, nuestros organismos nos lo agradecerían).
Montamos al lado de la carretera, la nevada era considerable (aunque yo poca referencia tengo de lo que es una gran nevada).
Amanecimos envueltos en un blanco increíble y hermoso.

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Al fin Islandia. Al fin nieve y frío.
Estaba allí. ¡Y qué bonitos paisajes!

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Nuestros patinetes marcarían un ritmo más lento que en tierras cálidas. El frío, el esfuerzo aumentaba, y las ruedas claveteadas, el rozamiento era considerablemente mayor, hicieron que rápidamente nos diésemos cuenta que iba a ser más lento de lo habitual. Aún así, poco nos importó.
Con todo nuestro material técnico dispuesto en las alforjas, la seguridad de poder con las inclemencias del tiempo, era grande. Podían hacernos parar, o dificultarnos mucho las cosas, pero yo tenía claro que teníamos herramientas para poder estar cubiertos en caso de algún problema grave.
Ese detalle hizo que desoyésemos las recomendaciones de los isleños a nuestro paso por una población y nos adentrarnos en una carretera cerrada por nieve.
Lo que a nosotros nos pareció una nevada y una carretera cerrada (algo que esperábamos encontrar en algún momento del viaje) fue la mayor nevada desde el siglo XIX caída en la zona que estábamos atravesando y nos cruzásemos con quien nos cruzásemos nos decían que diésemos la vuelta que había 60 cms de nieve más adelante y que era imposible avanzar en ella.
Nosotros continuamos tras regresar al pueblo una vez, por un ataque de cordura o de “¿y si esperamos a que abran la carretera? ¿no sería lo más recomendable?” y porque la manguera de mi bolsa de hidratación colocada en mi espalda se soltó por la presión de estar “embutida” dentro de tantas capas y me mojó toda la espalda. Necesitaba cambiarme rápidamente y al resguardo de alguna pared porque estábamos expuestos totalmente al viento y la nevada.

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Tras arreglar el contratiempo decidimos volver a intentarlo y avanzar lo que pudiésemos.
Y nos apabulló la costa, el paisaje, la subida a pie de la montaña, la ventisca, el miedo a estar rematadamente equivocados, el frío y la niebla que no nos dejaba ver nada más allá de la duda.
Quizás fueron diez minutos, quizás media hora. No sé. El pánico se apoderó de mi avanzar. Ese pánico que tanto me gusta buscar y que me sorprendió sin posibilidad de gritarle a Sergio que estaba muerta de miedo y que no había sitio alguno posible para acampar en caso de ponerse las cosas un poco peor (solo un poco).
Continuamos y el momento pasó dejando una estela de euforia , metiendo en nuestras alforjas nuestro primer regalo islandés.
Un rato más tarde, tras encontrar un lugar donde montar la caseta antes de hacerse de noche y prevenir una posible bajada de temperaturas, montamos nuestro campamento.
Noche de ventisca y frío que llenó nuestro refugio de nieve y nos sorprendió al abrir la puerta por la mañana.

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Mañana con mucho viento y un paisaje de expedición polar (a pocos metros, eso sí, de esa carretera cerrada al tráfico pero no a algunos todoterrenos con ruedas XL. (De hecho dos de ellos pararon y se acercaron a nuestro campamento preguntando “¡Hello! Are you alive?”.
Sí, estábamos vivos, entusiasmados y felices de vernos allí, envueltos en viento y nieve.

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Dos días más sin apenas avanzar por el tiempo y las circunstancias.
Motivo suficiente para saber claramente que no íbamos a lograr nuestro objetivo de bordear Islandia.
Dudábamos incluso poder hacer una quinta parte.
Nuestras mentes comenzaron a hacer cálculos y a buscar planes viables para poder conseguir después volver a tiempo para poder coger el avión de regreso a casa.

Demasiado pronto.

Eso sí, hacía apenas tres días, en el aeropuerto de Barcelona, dudábamos incluso de poder pisar la isla. Así que nuestra mentalidad era muy clara, incluso no hizo falta siquiera charlar. Estábamos donde queríamos. Haríamos lo posible para avanzar lo que el tiempo (del calendario) y el climatológico nos permitiesen.

Qué paz y qué blanco.
Eso me llevo de Islandia, a pesar de estar conectada casi las 24 horas con el mundo exterior. Opción que tenía clara en este viaje: haría conexiones varias veces al día con mi hija y mi familia (mi madre sobretodo) para poder ofrecerles mi experiencia y demostrarles lo que disfruto en cualquiera de ellas. Eso les mostraría una realidad y no aumentaría mi figura de “aventurera polar” en sus mentes por la incomunicación durante los viajes. Además queríamos tener conexiones vía skype con el colegio del pueblo en el que vivo y con el que habíamos estado trabajado con nuestro proyecto deportivo y educativo EDUC-ANDO, con una labor conjunta aprendiendo cosas de Islandia que nos metía a todos en un sueño de equipo que bien merecía esas comunicaciones, mostrándoles nuestro día a día, o a los caballos islandeses in situ o a los cisnes a cinco centímetros de la pantalla del móvil dentro de un lago helado. Culturas y latitudes tan diferentes unidas por un sueño.
Cuánto me llena y me enriquece el saber cada día un poquito más, de lo que sea. Me apasiona.
Y tener claro que gracias a nuestro viaje estos chicos sabían un poco más de cultura general (de Islandia en este caso), de una modalidad deportiva y de la lucha por lo que uno desea, era una sensación que a mí, particularmente, me hace sentir realizada.
Nuestro vivir el deporte cobra más sentido así.
Nos gusta.
Me gusta.

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La gran nevada dejó paso a un viento en contra que no nos abandonaría, viento furioso en contadas ocasiones y suave pero peleón en el resto.
Cuando rugió fuerte, apenas podía con el patinete. Tenía que ponerme al lado derecho de él para ofrecer una barrera (mi cuerpo) y poder ofrecer más resistencia en caso de que escupiera completamente todo el vehículo fuera de la carretera (algo que el viento hacía con nuestra tercera rueda, poniéndonos las cosas difíciles).
Según el barómetro eran vientos que no superaban los cuarenta por hora. Claro está que las rachas eran medidas no cuando el viento nos obligaba a pararnos completamente y poner nuestro cuerpo hacia delante intentando equilibrar nuestras fuerzas con la fuerza de los soplidos.
Quizás 60 o 70 por hora.., no lo sabremos nunca.
Viento que hizo dejarme en un final de jornada rota. El esfuerzo de los últimos kilómetros caminando con mucho viento, la regla que hacía su aparición y una mala noche el día anterior por culpa de una tos que me tiene desde hace una semana de baja laborar después del viaje, me dejaron en un estado complicado, con fiebre y con un malestar corporal evidente y mentalmente “difícil”.

Nieve, frío, viento.
Los días avanzaban y llegamos a lo que en un principio nos parecía un “complicado” : las cascadas de Seljalandsfoss, lugar para mi importante por ser donde comienza la aventura de Chispa y Sombra en el cuento infantil escrito por mi y que está dentro de los lápices de colores del proyecto EDUC-ANDO. No llegar allí me hubiese “tocado mucho la moral”.
Afortunadamente llegamos envueltos en un sentimiento de euforia apabullados por la belleza de las cascadas y por estar allí.
Lugar que también nos regalaría una noche de auroras polares.

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El viaje comenzaba a tener un matiz extraño, desconocido para Sergio y para mí. Y me refiero comparándolos a los viajes compartidos con anterioridad.
El tener que acoplarnos a los horarios de apertura de los supermercados (a las diez de la mañana) para poder abastecernos y el no poder avanzar más allá de Höfn (último pueblo que nos permitía coger una conexión de vuelta en bus que nos posibilitaba llegar a coger nuestro vuelo de regreso) nos dejó “de vacaciones”.
Hemos dormido más que nunca (incluso que en nuestras casas), por cansancio y por no tener prisa por agrandar la jornada.
Sabíamos ya nuestro ritmo en el patín, sabíamos más o menos nuestro avanzar con la predicción del tiempo que nos esperaba y sabíamos que no tenía sentido ganarle horas al día para llegar antes.
El esfuerzo era grande, nos dejaba agotados al finalizar la jornada, pero el descansar bien, regenerar adecuadamente y comenzar cada mañana como si no hubiésemos hecho “nada”, nos transformó en dos seres perdidos y extrañamente cómodos en el medio. No estábamos acostumbrados.

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¿Estaremos haciendo demasiado poco?
¡No nos esperábamos esto!
¡Y no sabíamos cómo enfrentarnos a este no “sufrir” mucho!
Nuestro último gran viaje (Alaska) estaba claro que no era comparable.
Analizándolo ahora, desde el calor y los días, tengo claro que yo terminada literalmente agotada cada día. Y también tengo claro que, a partir del sexto día, mi cuerpo se habituó al espacio, al ritmo, a la rutina del patinete y los campamentos y podría, como le decía a mi Sombra, estar así 20 días más, o los que hiciesen falta.
Supongo que los cicloturistas comprenden muy bien esta sensación. Ellos y los que se aventuran en viajes donde las etapas son largas y las distancias también.

Esfuerzo que me hundió , como siempre, en un silencio sepulcral, quizás más que nunca, preocupando a mi compañero de viaje (aunque respetó ese no hablar mío).
Qué curioso silencio. Siempre igual.
Aterrizo en mi lugar soñado y me introduzco en una paz personal de escucha, de silencios apabullantes y de un observarlo todo casi rozando la obsesión.
Respiro el olor a frío, a neumático, a carretera, a hielo, a sueño.
Observo cada movimiento de mi Sombra, analizo su respirar intuyendo su estado, todo sin abrir la boca, sin mediar palabra, admiro al cuervo que nos mira curioso, me dejo llevar por mis manos acariciando las crines de esos caballos asombrados, me ciega tanto horizonte admirado, lejano y amplio, tanto paisaje inesperadamente grande y bello…
¡Vaya personalidad la mía!
Me hago huraña, quizás, no sé.
¿Ruda?
¿Vikinga?
¿Egoísta?
Uff, según avanzan los años, crezco en edad, pero no estoy segura como persona (mejor persona).
Avatares de la vida, supongo.
Autocrítica, análisis, necesidades.
En ello estoy ahora, intentando descifrarme en este momento de mi vida.

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Continuemos, cuaderno de viaje, en lo que estábamos: Islandia.
Vaya isla…
A golpe de billete de avión estás allí, con sensación de estar en el polo (para los miles y miles de turistas) y con la sensación de estar en un lugar extraño para la aventura (a mi parecer).
Mi Sombra dice que la aventura es directamente proporcional a la ignorancia de “capear la situación como se debe”, a la falta de experiencia y a la falta de preparación. Cuanto menos estés preparado para afrontar un reto, más aventura será.., y si ese objetivo se logra, imagínense lo épico que puede llegar a ser esa aventura/sueño.
Hemos leído y visto algunos ejemplos de ello muy evidentes.
En este caso Islandia ha sido una experiencia tranquila aunque exigente por momentos, muchos de ellos (el patinete no es un medio de transporte fácil), una experiencia con un decorado muy lindo y con matices menos buscados pero de los que no hemos podido escapar. Utilizar un camino rodado, el único en invierno, para cualquier vehículo, tiene sus inconvenientes, al menos a mi parecer y en mi forma de entender la aventura.
De todas formas he regresado con más tiempo vivido, en este caso tiempo vivido en frío, y me cargo de experiencias que añadiré a mi corta pero intensa vida sobre el blanco.

La lluvia.
Qué lindo final de travesía bajo un intenso manto de agua…
Cómo me gusta empaparme y cómo lo hice en Islandia.
Calada hasta los huesos, agradeciendo que esa noche estaría ya en Höfn y dormiría en un hostal donde podría secarme adecuadamente y ducharme, al fin, tras diez días sin hacerlo y sin sentir las comodidades de un acostarse en un espacio no tan pequeño como nuestra caseta.
Lluvia que limpió sensaciones de agotamiento y quitó mi caparazón protector, dejando a una Susana disfrutando en patinete un último paseo por la Ring Road, esa carretera hecha por la mano de un hombre tozudo, queriendo conquistar tierra hostil.

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Islandia, un país con una historia joven, que quiso regalarnos un lindo día por su capital antes de partir y después de “desandar” 552 kms en bus por donde habíamos pasado los días anteriores en patinete y una visita a su museo de Historia (creo que esta visita se convertirá en una necesidad y un ritual en nuestros viajes, a tenor de nuestra pasión por conocer a los hombres que construyeron Anchorage, Alaska, en nuestro anterior viaje y esta vez a esos “vikingos” islandeses).
Porque no saber el porqué de una cultura o de un país, me hace sentir gente de paso, con necesidad de un souvenir para recordar.
A mí me apasiona empaparme de razones históricas y naturales y llevarme en la mochila, más que un producto de dudosa procedencia, que bien podría ser un souvenir de cualquier otro país, conocimiento del porqué de ser como son y cómo los islandeses han podido adaptarse a un medio tan brutalmente volcánico y con clima tan variable como lo es en esta isla nevada.

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He viajado en busca de sueños por conquistar y he regresado con lecciones de un mundo de adultos (y no es que tenga síndrome de Peter Pan), donde aprendes a base de golpes y experiencias vividas.
Y es que así es la vida, la de la rutina y la de los sueños. Una más apetecible que otra pero ambas discurren en la misma dirección, aunque paralelas, a la hora de conseguir alcanzar el horizonte buscado.

Gracias por estar ahí, acompañándome y haciéndome sentir parte de muchos otros sueños (no míos).
Gracias por la lectura y los ánimos.
Sombra, sin palabras te ofrezco toda mi ilusión para continuar con nuestros sueños deportivos y vitales.
Y al resto de los pilares que me sostienen, eternamente agradecida por confiar, por los cuidados y por hacer posible que mis sueños puedan ser intentados.

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Con tantos horizontes por conquistar, dejé Islandia y me traje aires vikingos que sumaré a mi alma celta y mi energía canaria.
Tengo sueños helados por intentar.
Difíciles por tantas cosas.., que no son precisamente por falta de fuerzas y ganas.
Ahora toca recuperarse de esta infección en las vías respiratorias. Recuperarse para que no quede ninguna secuela, que me permita disfrutar del clima fantástico en Canarias pero que me impida vivir con garantías, otras aventuras en climas más fríos.
Quién sabe qué ocurrirá…

El tiempo lo dirá.

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