LA ILUSIÓN MUEVE MIS PIERNAS

La llamada

Susana Gómez Castiñeira

18 de marzo de 2020

Hoy me he levantado con ganas de comenzar una nueva rutina: la de ir en bici al teletrabajo.

Y eso he hecho. Rodar, antes de desayunar, los cincuenta minutos que tardaría en llegar a mi oficina. ¡Y casi he llegado tarde!

Mañana deberé levantarme diez minutos antes para desayunar tranquila. Verme bajar las escaleras hacia mi ordenador a toda prisa para estar sentada a las ocho y trabajando, resulta cómico, la verdad. Desayuné rápido, como si fuese un día «no virtual» y se me hubiesen pegado las sábanas.

Rutinas y exigencias.

Me lo exijo por seriedad y deber para con mi trabajo.

Manías que tiene una…

 

Salí de la oficina, después de mi horario de mañana, me bajé de la bici y tocaba comida. Los miércoles de tarde trabajo, y eso conlleva comer temprano y prepararse para salir a caminar «guiando» un  grupo.

Está claro que salir no se puede. Y no, no salí.

Propuse, caminar por nuestras casas conectadas y compartir media hora de nuestro día recluidas.

Hasta nerviosa me puse al llegar la hora de inicio pensando que nadie estaría al otro lado.

Fotografía by La Ilusión

Pero estaba equivocada.

Treinta minutos en directo, «camicharlando» como hacemos semanalmente, pasillo arriba-pasillo abajo, como si estuviésemos en el mejor de los paisajes.

En mi casa: uno viendo la tele, otra en videollamada, yo dando vueltas, sube, baja, hablándole al móvil.

Y el perro sin poder llegar a entender a qué se debe esta extraña postal ( o sí), feliz, tranquilo.

«Pensé que no habría nadie al otro lado»

Letras para mi día 4.

19:11 horas.

 

Ahí fuera todo continua viviendo.

La lluvia cae mientras el mar viene y va.

No hay flor, tras mi ventana, que no crezca por mi ausencia.

No hay día que no termine en noche, por mi confinamiento.

Por muy importante que me haya creído, por ser mujer, por ser hombre, las flores florecen por sí mismas, viven sin nosotros.

Fotografía by la Ilusión

Y aunque me crea que estoy sola y asustada entre mis cuatro paredes,

a pesar de lo grande que nos queda el asunto «viral»,

ahí fuera, estamos todos esperándonos.

Pensé que estaba sola.

Saludé al aire, esperando que el viento me devolviese la llamada.
Y allí estaban todos.
Como siempre.
Al otro lado.
Como las flores.